Pikler: Libertad y acompañamiento slow.

El otro día participé en una charla del grupo de preparación al parto y me quedé con las ganas de hablarles de varios temas, entre ellos este:

Visualiza la semilla de un árbol. Su interior alberga una inteligencia intrínseca que hace que germine, crezca, madure y dé frutos en el momento indicado. Nadie tiene que enseñárselo, lo lleva incorporado como una programación natural, ordenada  y perfecta. Tan sólo necesita del exterior que las condiciones le sean favorables: suficiente luz, agua, temperatura, nutrientes en la tierra…

De forma análoga, desde que óvulo y espermatozoide se unen, dan el pistoletazo de salida para que este “inteligencia de la vida”  desarrolle un feto (que se convertirá en bebé, niño, joven y adulto), no necesita que le enseñemos a sentarse o a caminar. Lo hará por sí mismo cuando su maduración esté lista, según su programación natural. Hay una parte de ella que es común a todos los humanos pero también hay particularidades de cada individuo, por ello el ritmo, el orden y otras características serán diferentes para cada niño. Esto es vital entenderlo para dejarlo ser.

A veces podemos tener prisa porque el niño crezca. Nos hace ilusión, o tal vez le comparemos con otros niños y nos preocupe que no vaya tan rápido como ellos y nos asaltan dudas sobre nuestras acciones hacia el bebé. Creo que estamos tan acostumbrados a ir deprisa en la vida que nos cuesta esperar. Pero no sólo en lo que se refiere a los niños, sino en todo: queremos resultados inmediatos en todos los ámbitos.

Sin embargo forzar a los niños en su desarrollo, lejos de acelerar el proceso puede entorpecerlo. Dice Maria Montessori que “cualquier ayuda innecesaria es un obstáculo para el desarrollo”. Además si insistimos en que el niño queme etapas empujados por nosotros va a entender inconscientemente que necesita al adulto para valerse en el mundo. Esto no ayuda en el desarrollo de su autonomía y autoestima.

Solo debemos preocuparnos por procurarle las condiciones adecuadas, es decir:

  • alimento y demás necesidades básicas como el aseo, ayudarle a dormir, vestirlo, etc,
  • amor, caricias, piel, contención…
  • y libertad. Libertad para explorarse, explorar el mundo, ofreciéndole un espacio rico (no hiperestimulante sino natural) y seguro. 

En pocas palabras, que nuestro sienta que es amado, valioso, que tiene poder para actuar en el mundo por sí mismo.


¿Qué descubrió  Emmi Pikler después de convivir con más de 3000 niños?

Dirigió el instituto Lóczy en Budapest desde 1946 hasta el 1979. Por allí pasaron miles de niños (en su libro dice haber acogido a más de 3000). El personal del hospicio, tomaba notas y observaba minuciosamente el comportamiento de los niños. Observaron que:

– El niño es protagonista de su propio desarrollo con plena conciencia de sí mismo y de su entorno, al tiempo que integra las vivencias que nutrirán su autonomía y su autoestima. La manera que el adulto se ofrece al niño para acompañarle en su desarrollo, definirá la calidad con la que pequeño lo haga. (Acompañar)

– El adulto debe realizar los cuidados de manera suave, hablando al niño sobre lo que está haciendo, dando tiempo al niño para que escuche, respetando su autonomía y sus preferencias. (Información y respeto)

– Cuando el niño está jugando, el adulto está presente pero no interviene y no le sugiere al niño lo que tiene que hacer ni cómo tiene que hacerlo. El adulto tiene que dar una seguridad emocional al niño que satisfaga su necesidad afectiva para que así el pequeño pueda centrarse en el movimiento de su cuerpo y en descubrir los objetos del entorno, jugar y moverse de forma libre. (Darle libertad, apoyo y confianza)

– Se debe respetar la libertad de movimientos del niño por lo que no se debe “enseñar” a al niño sentarse, a andar, etc. Lo hará cuando esté preparado. Los adultos deben proporcionar al niño un espacio y ropa adecuados para moverse libremente. Gracias a ello, el niño va a ir descubriendo por sí mismo su cuerpo y sus movimientos, lo que motiva su deseo de moverse y explorar, propiciando su desarrollo emocional, intelectual y psíquico. (Respetar ritmos, permitirle ser)

Por ello, deberías evitar hamaquitas, “parques” y cualquier dispositivo que limite su movimiento de forma prolongada, es preferible que esté encima de una mantita en el suelo con algunos juguetes cerca, siempre partiendo desde la posición supina y que sea el bebé quien vaya conquistando nuevas posturas.

 

Amor, paciencia y confianza hacia tu hijo.

 

 

 

 

Un mono en la azotea

        Coge tu móvil y ponte un temporizador de 30 segundos. Cierra los ojos y espera hasta que suene la alarma.

¿Qué ha pasado? Si no puedes experimentar esto ahora mismo no te preocupes, yo te lo cuento: lo que ocurre es que presencias decenas pensamientos (sensaciones físicas, tareas pendientes, recuerdos, divagaciones, etc). Continuar leyendo “Un mono en la azotea”